POEMAS DE "...Y TODOS LOS BUITRES COMIERON DE MI MANO"












El tiempo se alimenta de nosotros,
descansa sobre nuestras alas extraviadas,
nos manda tempestades, predadores,
cazadores furtivos
y toda la escasez de un mundo enfermo.
Cambió despeñaderos por hornos crematorios,
bestias por máquinas
y el cielo mesetario por las playas perdidas.
Todo está en venta.
Todo tiene un valor extraño
y al fondo del silencio
las manos del taxidermista
detienen la magia del vuelo,
fabrican miradas vidriosas
de falsa eternidad.
Seguimos planeando, las alas extendidas
y la desconfianza de los viejos
carroñeros que insisten
sobrevolando el tiempo
en busca de un cadáver en que sobrevivir.









ROCA


Dicen que en esta roca fría y áspera,
en sus concavidades, construiré un hogar.
Que debo amontonar ramas y hojas
para dar calidez al suelo umbrío
que verá nacer a otros como yo,
vástagos de mi hambre
a los que deberé enseñar a graznar,
a precipitarse
sobre los restos del banquete.
Pero preferiría seguir trazando círculos
sin sentido aparente, detenerme
allá donde me plazca,
donde el destino ponga
una mirada muerta en mi camino.
Y nunca compartir la podredumbre.









INTEGRACIÓN


Querrán hacer de ti otro asesino.
Dirán que no hay bastante con las sobras,
que debes procurarte el alimento,
cazar tus propias presas. Que no es digno
ese acechar la muerte
desde el árido cielo del invierno.
Águilas y halcones,
ratas y culebras
querrán hacerte un hueco en su liturgia,
su ritual de amos y sirvientes,
víctimas y verdugos.
Mientras, una paloma
sosteniendo una rama entre su pico,
continúa mirando de reojo
a un gato callejero.









SUEÑO


Respiramos tranquilos
dormidos a la sombra
de un dios incalculable.
La borrachera siempre
amanece resaca.









ÚLTIMO SUSPIRO


Cuando todos esperan
que exhale mi último suspiro,
saco fuerzas de algún pliegue del forro,
me arranco a toser
como si reventara por el pecho,
escupo un cielo gris sobre la acera,
recupero el aliento
y nazco hasta la próxima estación.
Apenas sobrevivo.
No hay tiempo para más.
No vuelvas a llamarme.
No pienso recitarte un epitafio
y me aburre soberanamente
hablar de libros o
especular del tiempo.
                                   No padezcas
por mí ni por mis males.
Cuando llegue el momento
serás –te lo prometo–
el último en saberlo.









CALÍGULA


Si duermo, ¿quién me dará la luna?

A. Camus


Yo buscaba la luna –ése es mi crimen–
como buscan ansiosos, sin descanso,
los hombres el poder y la riqueza.
Parecía dejarse, lentamente,
caer sobre este sucio descampado.
La plaza de los yonquis. Los del barrio
la llaman de ese modo. Es evidente
el porqué de su nombre. Los adictos
a flotar en los sueños hipodérmicos
ocupan su lugar entre la mugre,
los condones usados y los restos
de la carga de la caballería.
Tres noches con sus días la esperé
sobre un sucio colchón lleno de chinches,
de semen y de sangre abandonada.
Tres noches, pero nunca apareció
por más que yo velara su regreso.
Al alba, derrotado, me volví
a la pensión que fuera mi palacio,
inyectado de odio y de rencor.
Desde entonces no como, ya no duermo
y una sola idea me sostiene:
planear hasta el último detalle
la más cruel sobredosis de venganza.









LA LENGUA DICE
SIEMPRE LA VERDAD


                                       Despavoridamente lamiendo en las tinieblas.
                                                          
                                                                                      Félix Grande


Hay un lugar oscuro en cada hombre,
allá donde se agolpa la saliva
amarga y pegajosa del fracaso.
Esa región emerge algunas veces
y trepa hasta alojarse en la garganta,
asoma por la lengua y se abre paso
a lentos y pausados lametazos.

Es así que ensuciamos otros cuerpos
a los que amamos hasta el fingimiento,
hasta la extenuación.
Ahondamos en la causa y descubrimos
que la causa es nosotros. Y aterrados
nos mordemos la lengua envenenada.

Tan fiera es la verdad algunas veces.
Tan alta la traición que hemos urdido
en nuestra propia carne y para ella.

El amor tantas veces es tragedia,
fracaso y abundancia y escasez.
Un dolor redundante y un eterno
principio inagotable de la vida,
en el túnel oscuro de la noche,
donde acertamos a lamer, a ciegas,
el perímetro exacto del vacío.









OCULTAMIENTO
DE LA DIFERENCIA


Después de ti,
de convalecerte,
pude ensayar el éxodo, la división, la ignorancia.
Elegí la persecución. Cambié de vestuario,
de enemigos. Visité
sonrisas dudosas,
sábanas opacas en pisos de extrarradio,
promesas y ciudades.
Rastreando tus hábitos carnívoros
me vestí con la piel del enemigo,
arañé puertas y espaldas fugaces,
susurré obscenidades sin respuesta.
Aquel no era tu pelo.
Nadie sabía nada. Sólo
hacían que gemían.
Sólo ruido. Nunca nosotros.
Sólo yo,
luego de este mal cigarrillo,
inerte ahora,
como un tercio indiviso de la nada.









CÁMBIATE LA JETA DE UNA VEZ


Agacha la cabeza, doblega la mirada,
deja caer los hombros y saca la barriga.
Borra ya esa sonrisa impertinente
que asoma entre tus labios.

Es un gesto insultante pasear
por las calles luciendo impunemente
la cara de hombre libre.









VIEJOS ALADOS PUEBLAN LA
SOLEDAD MINERAL DE MI VENTANA

…y
todos los buitres
comieron
de mi mano.

Alberto Martínez-Márquez


Yo les oigo decir
desde la curva lacia de sus picos
antiguos como el tiempo.
Me hablan de los vientos, contaminan
el aire con graznidos imprecisos.
Se revuelven
buscando las ventanas
en un vuelo catártico, impasible.
Yo sé que son palabras,
nada más que palabras escondidas,
nombres impenetrables,
viajeros en la noche de los tiempos.
Hurgo, como caimán entre los lodos,
en las aguas estancas de mi vieja memoria
de jurásica bestia redimida
en pos de sus idiomas, de su hablar
arrasado, teñido de aguardientes...
Pero no les comprendo, desconozco
el rigor sentencioso de sus voces,
la roca donde vieron la luz de su principio,
el árbol donde duermen su sueño leonado,
los ojos en que habrán de alimentarse.
Y sólo puedo abrirles mi ventana
y ofrecerles mi mano silenciosa,
mi hambre secular y solidaria,
mi inesperada piel como alimento.









SÍSIFO SEPULTADO


Alcancé a amar la piedra
como la pesada señal de mi andadura.
Hice mío su tacto
desdoblando mis manos
sobre su piel rugosa y ultrajada.
Éramos uno solo en la victoria,
coronando la inmisericorde
ladera de los dioses,
uno en la caída inevitable
hacia un nuevo principio en que ignorar
la olímpica tortura.
Mas, todo idilio puede
alcanzar un final inesperado,
y la roca, lasciva, cayó sobre mis huesos
en un abrazo impúdico y salvaje
que me puso en camino hacia la Estigia.
Dioses y héroes saben
que, a pesar de mi suerte, amé la piedra,
igual que todo hombre
ama, sin comprenderlo, su destino.









CUENTA DE RESULTADOS


Está todo perdido.
Esa fue nuestra apuesta. Hemos ganado.









DE CÓMO EL GANADOR ALZA LOS
BRAZOS EN SEÑAL DE VICTORIA


Dije que ganaría y he ganado.
Cuántos no me perdonan el triunfo.
Cuántos escupirán sobre mi tumba.
La derrota es, acaso, la victoria
y el error la mejor de las escuelas.
Tan peligroso fui para mis huesos
que nunca concebí más enemigo
ni más beligerancia de contrario.
Solamente el amor, algunas veces,
me salvó de mí mismo. Solamente
me empobreció el amor como a una rata.
La rabia, la venganza y el esfuerzo
me llevaron el agua a la garganta
en tiempos de sequía abrasadora.
A fuerza de ir rompiendo pantalones
he simulado un fardo de experiencias
envidiadas por nada ni por nadie:
apenas una parca soledad,
una quietud siquiera deseada,
una mínima impronta de belleza
rozándome la exasperada piel.
Y ha sido, a fin de cuentas, tan hermoso
respirar entre el polvo del camino,
sudar y tiritar a la intemperie
y entrever más allá de la ventisca
las formas inasibles del paisaje
que, si me lo preguntan, digo: SÍ,
volvería a vivir mi perra vida
–este errar de mi vuelo en la tormenta–
aunque fuera para desperdiciarla.











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