POEMAS DE "SUBURBIO 16"


































                   1


                   Después de tanto tiempo
                   no podría decir en qué ciudad,
                   no podría decir en qué suburbio,
                   en qué calle sin calle, de qué padres
                   venidos desde nunca, de qué origen
                   ajeno a este lugar lleno de polvo,
                   de qué tiempo difícil y salvaje,
                   de qué nombre tal vez impronunciable.
                   Después de tanto tiempo.









5


Después de tantos años,
de tanto caminar a la deriva,
de tanto navegar sobre el naufragio,
de pasear descalzo por la cuerda,
silbando para disimular
el miedo a las alturas, el pánico al vacío.
Después de haber llegado al otro extremo,
de haber cruzado un río diferente
con un nombre que llama hacia lo oscuro,
todavía recuerdo,
después de tantas calles, después de tanto tiempo,
al hombre que dormía y trabajaba,
se enfadaba y reía y fumaba ducados
y hablaba lentamente
con una voz aguda, de otro tiempo,
después de tanto viaje
y de tanto sudor acumulado.









6


Tarde o temprano somos
conscientes de que somos lo que somos.
Un niño de suburbio, es lo que soy,
un chaval de barriada,
un hijo de emigrantes flacucho y desvalido,
un lanzador de piedras y escondedor de manos,
un asesino impune de farolas,
tirador de ganchillos
y chutador de latas de tomate,
después de tanto ser en tantos tiempos
distintos entre sí pero los mismos,
sobre la misma piel, tan diferente
después de tantos años.
Y venimos a ser, tarde o temprano,
el fracaso que nos adjudicaron.









7


Todo viaja en alguna dirección,
todo vuela, o describe órbitas
sin sentido aparente.









8


Esperaré a que todo se deslice
hacia alguna región inanimada.









Sub1


No podría decir que recuerdo esos brazos,
unos brazos de entonces,
cuarenta y cinco años atrás y que ahora duermen
el sueño de la ausencia,
el sueño del adiós definitivo.
No podría decirlo, y sin embargo
me sostienen en la fotografía,
ajada por el tiempo, amarillenta,
como si toda su razón de ser
fuese alzar a aquel niño y estrecharlo
para perpetuar aquel momento.
No recuerdo los brazos, ni el instante
-ni instante alguno que se le parezca-
en que nos enfrentamos, enlazados,
y quién sabe si por última vez,
al juicio inapelable de la historia.









Sub2

                           Ciegos como nosotros.
                                                     Ledo Ivo


Ciegos como nosotros,
salvando las distancias,
guardándonos de nadie,
resolviendo gotera tres gotera.
Ciegos como los otros,
agua vieja y ceguera
y apenas un recuerdo.
Yo sé que tuve un padre,
lo sé porque lo veo
allí, junto a mi madre,
en las fotografías,
porque sostiene a un niño entre sus brazos
que dicen que soy yo.
Dos extraños ahora,
entonces separados
por un enorme abismo
de treinta y cinco años.
Dos extraños entonces, porque apenas
uno de ellos (yo)
acababa de entrar en esta escena
sin grandes aspavientos,
con un mínimo llanto.
Extraños, pero estaba
seguro en esos brazos,
seguro como nunca he vuelto a estar.
Y él, ufano, orgulloso,
feliz (eso parece),
joven, indestructible...
carne de cementerio.
Yo, carne de su carne,
la sangre de su sangre, que algún día
será carne, también, de cementerio,
como si nada hubiera sucedido,
como si abrir los ojos
significara el fin de la película,
de una historia sin héroes,
con argumento triste y un guión de tercera,
y apenas un segundo
para recomponer aquella imagen
tierna y vulgar a fuerza de repetirse tanto:
padre muerto sostiene entre sus brazos
al hijo que envejece en la penumbra.









Sub3


Tuvimos un jilguero
(un colorín, decíamos nosotros),
un pájaro sin nombre
(o tal vez lo tenía, aunque no lo recuerdo)
y un sol de vida
entrando, desde el sur, por la ventana,
y una línea de mar, allá, a lo lejos,
y delante de casa un descampado enorme.
Dice mi madre que, cuando llegamos,
-recién nacido yo- mi hermano, con seis años,
con sus seis años del sesenta y cuatro,
corría aquel pasillo interminable
abriendo, una tras otra,
las puertas del nuevo paraíso
(sesenta metros, tres habitaciones
-dos interiores y una soleada-,
una cocina y un aseo ínfimo,
comedor, balconcito y lavadero).
Eso tampoco puedo recordarlo.









11
Garellano, 30


El sol se compadece de nosotros.
No hay razón para detener el tiempo
que está de nuestro lado.
No hay futuro del que preocuparse
cuando el verano estalla salvaje, interminable.
Mirar atrás carece de sentido
si estamos solamente
al principio del viaje
y el agua no escasea.









20
Yonqui


De fresa desatada.
De humo y nicotina
eran tus besos.
Por eso me enganché
como un yonqui a la droga
de tus labios.









33
The four seasons


Hace apenas un sueño
el verano llamaba a nuestra puerta.
Apenas una siesta
bajo el árbol dorado de septiembre
y al despertar ya todo fueron nubes
y truenos y relámpagos.
Ahora, en este octubre insospechado,
ya se adivinan los primeros fríos
que anuncian la inclemencia del invierno.

Aquí, sentado, viendo anochecer,
me sorprende, grosera, la pregunta:
¿Cuándo y cómo pasó la primavera?









39
Regalo


Tal vez lleguemos a sobreponernos
al impulso salvaje en que se inspira
esta pedagogía del infierno,
esta cartografía del azar,
sin más imposición ni más deseo
que el rumbo de una paz inevitable.
Ya no más movimientos espasmódicos,
no más estéticas del hundimiento
ni aritméticas de la salvación.
Ser hombre es un regalo envenenado,
pero el juego consiste en malversar
ese supuesto don que nos entregan,
malgastarlo rompiendo los espejos
que nos hablan desde nuestro cansancio.

Tal vez sea posible imaginar
un hombre que camina y se detiene
en la estación del desaparecido.

Tal vez tenga sentido planear
un mundo sin nosotros.









44
Clave


En clave de dolor
se escribe el mundo,

se cuentan los fragmentos
de una vida,

se reinventa el pasado,
se pervierte

cualquier falsa esperanza
de futuro.

Hay un hecho innegable:
estoy aquí,

después de tanto barro, en tantas calles.




















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